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Cada 11 de abril hay que recordar que en Venezuela no hay justicia.
El 11 de abril de 2002 es un día complejo de la historia reciente de Venezuela. Ese día,una movilización popular sin precedentes, que exigía la renuncia del Presidente Hugo Chávez, fue atacada por francotiradores en su camino hacia el Palacio de Miraflores en Caracas. El saldo horrendo del ataque sobre civiles indefensos, fue de al menos 17 manifestantes asesinados y decenas de heridos. Una masacre, donde también cayeron inocentes que apoyaban al gobierno. Pueblo sin distingos frente a la muerte absurda causada por la violencia política.
Pero por terrible que parezca, más allá de la sangre derramada en las calles de Caracas el 11 de abril de 2002, está el hecho de que ese día el país aprendió una nueva lección de impunidad. Años de justicia parcializada no habían preparado a Venezuela para el despliegue de cinismo que ejercieron las autoridades gubernamentales, legislativas, judiciales y de defensa del pueblo para paralizar, violentar e impedir la investigación que el Estado venezolano le debía y le debe a los caídos y sus familiares.
Es mucho lo que exige ser clarificado en Venezuela para que un país dividido y polarizado vuelva a reencontrarse. Los muertos y heridos del 11 de abril están allí como testimonio inolvidable de lo que ocurre cuando desde el gobierno y su partido se promueve el sectarismo y la confiscación del derecho como regla inviolable de la civilización. El 11 de abril se conmemora la muerte efectiva del estado de derecho en Venezuela.
El 11 de abril es también el día de la conmemoración del coraje cívico. La marcha que reunió a más de un millón de venezolanos fue un episodio histórico de movilización ciudadana en la más pura y noble tradición del pueblo venezolano. Un pueblo acostumbrado a vivir en democracia, y a defenderla, ese día marchó confiado en que los gobernantes no estaban sobre los gobernados y que los espacios públicos no eran propiedad de parcialidades políticas.
El 11 de abril es además el día de las traiciones. Primero la traición a los ideales expresos de la mal llamada revolución bolivariana. Incapaz de enfrentar la protesta popular, el régimen planificó y ejecutó una masacre, como consta en numerosos documentos que alguna vez verán la luz en condiciones menos comprometidas. También fue el día de la traición al pueblo de quienes usurparon el poder en una maniobra de palacio que fue incapaz de sostenerse en el poder. Ese día muchos venezolanos abrieron los ojos a que la política era un asunto mortalmente serio y que no podía abandonarse a ciegas en manos de nadie.
Las responsabilidades no están igualmente distribuidas. El régimen de Hugo Chávez, legítimo en su origen en los votos del pueblo, pero ilegítimo en su práctica antidemocrática y autoritaria todavía se burla de los muertos del 11 de abril. En la ideología oficialista una acción criminal de violación del estado de derecho se ha transformado en una epopeya de respaldo popular a la revolución. En algún momento, más tarde que temprano, la historia le cobrará a Chávez el veneno que estos años de desgobierno han inyectado en el alma del pueblo venezolano.
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